miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cosecha roja

“Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas.”
Sun Tzu, El arte de la guerra.
Volver a Hammett para leer Cosecha roja, su primera novela, me ha hecho consciente de lo imperdonable que resulta no haberlo hecho antes. A Hammett se le conoce habitualmente a través de las increíbles adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo a partir de sus libros, y en mi caso comencé a leerle por una de los más populares: El halcón maltés, para seguir con La llave de cristal, La maldición de los Dain o Dinero sangriento.
La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo, en el Gran Barco de Butte. Pero también cambiaba en diptongos otras erres. Y no presté atención a lo que hiciera con el nombre de la ciudad. Más tarde escuché a otros el nombre de igual manera. Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y entonces comprendí mejor el porqué.
Durante cuarenta años, Elihu Willsson, el viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, en corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de los Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Wilsson era Personville y casi todo el Estado.
Cosecha roja atrapa desde el primer momento al lector, desde que Hammett nos muestra a un particular detective privado llegando a la ciudad minera del estado de Montana que ha sido rebautizada como Poisonville, y con razón —lo del cambio de nombre, digo—, porque por sus calles deambulan personajes de la peor calaña conocida. Nuestro detective, un agente de la Continental del que nunca sabremos el nombre, es un tipo duro, no demasiado agraciado físicamente, según se esboza en un momento concreto de la novela, casi como si le contempláramos a través de un cristal esmerilado, y no duda en manipular la situación a su antojo y conveniencia. Contratado por el hijo de un magnate de la ciudad, apenas llega a la ciudad asiste a una sospechosa escena y a la mañana siguiente recibe la noticia de que su cliente ha sido asesinado. Ni corto ni perezoso, y sin saber a qué atenerse, se dirige a ver al padre, a Elihu Willson, “el Viejo” que decide no iniciar investigación alguna… hasta que intentan asesinarle en su casa, momento en el cual contrata al detective de la Continental.


Cuando nuestro detective comienza a investigar el caso descubre toda la escoria que se esconde en los bajos fondos de la ciudad, incluyendo las relaciones del magnate con los matones que controlan la ciudad. “El Viejo” decide entonces prescindir de sus servicios, ya que le interesa tener bajo su control a los diversos componentes del hampa, pero el agente decidirá que, aceptado el dinero del caso por parte de la Continental, no hay marcha atrás: sacará todos los trapos sucios de la emponzoñada ciudad.

Cosecha roja hace gala del título de la novela: con un ritmo trepidante, logrado a partir de una narración basada en frases cortas y repleta de momentos memorables, se suceden los acontecimientos que devendrán en una orgía sangrienta donde el final del libro se torna incierto.
—Soy Bill Quint.
—¿De veras? —exclamé tratando de recordar su nombre—. ¡Encantado de conocerle!
Saqué la cartera y rebusqué en mi colección de tarjetas, reunidas en diversas circunstancias. La que yo buscaba era roja. En ella decía que yo era Henry F. Neill, marinero, eficaz militante de la Industrial Workers of the World. Por supuesto era mentira.
Le extendí la tarjeta roja a Bill Quint. La leyó con detenimiento por delante y por detrás, me la devolvió y me escrutó desconfiado.
—Bueno, éste ya no se levanta —dijo—. ¿Adonde va usted?
—A cualquier sitio.
Nos pusimos a caminar y, creo que al azar, doblamos una esquina.
—¿Cómo es que ha venido aquí si es marinero? —me preguntó sin demasiado interés.
—¿De dónde sacó usted esa idea?
—Lo dice la tarjeta.
—Tengo otra que dice que soy carpintero —dije—. También puedo ser minero, mañana mismo conseguiré un papel que lo acredite.
—Eso lo veo difícil. Yo soy el que manda en los que trabajan aquí.
—¿Y si recibiera un telegrama de Chicago? —le dije.
—Me importa un bledo Chicago. Aquí mando yo. —Señaló la puerta de una taberna y me preguntó—: ¿Usted bebe?
—Sólo cuando tengo bebida delante.
Decía al comienzo de la entrada que la obra de Dashiell Hammett es también conocida por algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus libros. Cosecha roja no podía ser menos, y de hecho son varias las ocasiones en que la novela ha sido trasladada al celuloide, en algunas de ellas de una forma igualmente memorable. La primera de ellas traslada la acción de una ciudad minera en EEUU al Japón de los samuráis y, efectivamente, se trata de “Yojimbo” (1961), del genial Akira Kurosawa. Pocos años después, en 1964, Sergio Leone trasladaría la historia al salvaje oeste americano y permitiría alcanzar la fama a Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”, primera película de la “Trilogía del dólar”. Pero Cosecha roja seguiría cosechando localizaciones, y en 1984 el director islandés Hrafn Gunnlaugsson convierte al detective en vikingo dentro de la cinta “Cuando los cuervos vuelan (Ojo por ojo)”, primero de los títulos, también, de una trilogía. Para acabar, en 1996 Bruce Willis se mete en el papel de “El último hombre”, una de las versiones más cercanas en la ambientación al libro, ya que volvemos a EEUU, a un pueblo de Texas a principios de la década de los años 30 del pasado siglo, donde se desarrolla una guerra implacable entre bandas de gángsteres.

En resumen, buena literatura, mucho entretenimiento y una crítica social de las que no dejan indiferente de manos de uno de los fundadores de la novela negra. Y, para rematar (nunca mejor dicho), una buena oferta cinematográfica asociada. ¿Se puede pedir más?

Feliz lectura.

martes, 6 de diciembre de 2011

Acceso a la cultura: biblioteca del Zaidín

Artículo 44
1. Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho.
2. Los poderes públicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica en beneficio del interés general.
Eso es lo que dice el artículo 44 de la vigente Constitución Española de 1978. Como en tantos otros aspectos, muestra una voluntad que no se corresponde con la realidad que nos rodea. Por eso quería traer hoy al blog este artículo y un escrito de la plataforma ciudadana No al Cierre de la Biblioteca del Zaidín, que estos días estaba en Granada recabando apoyos y que sigue en la lucha por conseguir la reapertura de la biblioteca, recientemente clausurada por las autoridades municipales.


Desde Homo libris quiero manifestar mi apoyo a la plataforma y contribuir siquiera a difundir su mensaje. Transcribo aquí uno de sus manifiestos: 
Según el Manifiesto de la IFLA/UNESCO para las Bibliotecas Públicas Municipales: “La biblioteca pública, paso obligado del conocimiento, constituye un requisito básico de la educación permanente, las decisiones autónomas y el progreso cultural de la persona y los grupos sociales.”
En el Reglamento del Sistema Bibliotecario de Andalucía se recomienda una biblioteca por cada 20.000 habitantes que le viene encomendada al Ayuntamiento por la Ley de bases de Régimen Local
Las bibliotecas públicas forman parte de los servicios públicos, mecanismo ideado por el Estado para garantizar los derechos humanos de la ciudadanía (entre ellos, el derecho de acceso a la cultura y a la información). Es una fuerza viva para la educación, la cultura y la información y un servicio imprescindible para la integración de la ciudadanía vulnerable por motivos tanto económicos como en situación de discriminación cultural y social
El Ayuntamiento de Granada ha decidido, como es su costumbre, sin contar con la vecindad y con el oscurantismo propio de su política municipal, aprovechando el periodo vacacional cerrar la biblioteca municipal del Zaidín de la Plaza de las Palomas y “el fondo bibliográfico del Zaidín lo destinará a la creación de una biblioteca en el distrito Beiro, que no tiene ninguna”.
Esta biblioteca que se abrió el 23 de abril del 1971, día de la fiesta del libro, estuvo funcionando hasta octubre de 1979. Tras la insistente presión del barrio producida lo largo de los años de cierre, fruto y símbolo de la lucha de la vecindad del barrio, vuelve abrir sus puertas de nuevo al público en 1990 con una amplia orientación hacia todas las personas usuarias.
Esta biblioteca da un importante servicio al barrio del Zaidín y a sus centros educativos. Durante el curso escolar 1990-91 nace el Programa de Animación a la Lectura, fruto de la colaboración de algunas maestras y colegios con la Biblioteca, la participación del alumnado y Educación de Adultos/as en actividades de fomento a la lectura En este programa han participado todos los colegios del Zaidín llegando a realizarse 300 sesiones al año con un total de próximos 5.200 asistentes. Tiene una media de asistentes diarios de 110 lectores, se realizan aproximadamente 13.000 prestamos a domicilio y 56.000 consultas.
El Ayuntamiento se excusa diciendo que la nueva biblioteca Francisco Ayala (en la antigua Hípica) suplirá estos servicios, pero no será así, no nos vale ese argumento. La Plaza de las Palomas está en el mismo corazón del Zaidín, y la mayoría de sus usuarios son gente mayor a la que le es muy difícil desplazarse hasta la nueva biblioteca, así como familias con bajos recursos que dejan a sus hijos allí para que disfruten del acceso gratuito a la cultura que brinda una biblioteca pública.
El barrio del Zaidín tiene 45.411 habitantes, según censo de enero del 2011, por lo que según la normativa le corresponden 2 bibliotecas con un número de metros construidos que evidentemente no se acercan a lo regulado. No creemos necesario cerrar una biblioteca para abrir otra pues se entiende y defendemos que todos los barrios de Granada deben disfrutar de tantas bibliotecas como le correspondan y es increíble que en el 2011 Granada sólo tenga 5 bibliotecas municipales.
Los vecinos y vecinas del Zaidin nos negamos al cierre de esa biblioteca y defendemos la construcción de las que sean necesarias en otros barrios.
Basta ya de enfrentarnos entre la ciudadanía
¡BASTA DE NINGUNEAR LOS RECURSOS PÚBLICOS, QUEREMOS SER CULTOS PARA SER LIBRES!
Podéis encontrar más información sobre la plataforma en las redes sociales y la blogosfera:

sábado, 26 de noviembre de 2011

Morriña

Aunque no me gusta especialmente este grupo, lo cierto es que la canción que acompaña a la entrada, y que me descubrió Azote hace poco, se ha convertido (para ambos, quién se lo iba a decir ;)) en un canto nostálgico a la ciudad de Granada. Os dejo con "La nueva reconquista de Graná" y con un fragmento del prólogo de Melchor Fernández Almagro a la edición de 1961 de Granada. Guía artística e histórica de la ciudad, de Antonio Gallego y Burín, que estoy leyendo estos días (en la reedición de 1989).

«Aquí yacen los Reyes Católicos. Allá hizo un milagro San Juan de Dios. Ahí predicó fray Luis de Granada. En este caserón solariego nació el padre Suárez. En ese otro, la Emperatriz Eugenia. En aquella casa murió el Gran Capitán. En este carmen de los Mártires, se alzaba el convento donde San Juan de la Cruz escribió “Noche oscura del alma”. He aquí las habitaciones de Washington Irving. Esa es la Puerta del Vino, de Debussy. Estamos en la plaza que Regoyos salvó de su insignificancia. Esas muchachas que pasan, enamoraron a Gautier y son las mismas que han pintado López Mezquita y Rodríguez-Acosta. ¿No suena a música de Albéniz el Albaicín que contemplamos desde el Cubo de la Alhambra, a la luz melancólica del atardecer...? Curioso reencuentro el de los mendigos y los gitanos de Gustavo Doré o de Roberts. Es ese el "barandal de espumas", de Juan Ramón Jiménez, y esa, la "fuente de las trenzas de ópalo". Pepita Durán, en la casería de la Bailarina, traída hacia acá por Sackville-West. Valera, en el Sacro-Monte, Chateaubriand, en el paseo de los Tristes. Ganivet, en el Avellano. Falla, en la Antequeruela. André Gide, en una zambra. García Lorca, recogiendo los suspiros del Genil y del Darro...»

domingo, 20 de noviembre de 2011

Lecturas democráticas

Mal tiempo para votar, se quejó el presidente de la mesa electoral número catorce después de cerrar con violencia el paraguas empapado y quitarse la gabardina que de poco le había servido durante el apresurado trote de cuarenta metros que separaban el lugar en que aparcó el coche de la puerta por donde, con el corazón saliéndosele por la boca, acababa de entrar. Espero no ser el último, le dijo al secretario que le aguardaba medio guarecido, a salvo de las trombas que, arremolinadas por el viento, inundaban el suelo.

Falta todavía su suplente, pero estamos dentro del horario, le tranquilizó el secretario. Lloviendo de esta manera será una auténtica proeza si llegamos todos, dijo el presidente mientras pasaban a la sala en la que se realizaría la votación. Saludó primero a los colegas de mesa que actuarían de interventores, después a los delegados de los partidos y a sus respectivos suplentes. Tuvo la precaución de usar con todos las mismas palabras, no dejando transparentar en el rostro o en el tono de voz indicio alguno que delatase sus propias inclinaciones políticas e ideológicas. Un presidente, incluso el de un común colegio electoral como éste, deberá guiarse en todas las situaciones por el más estricto sentido de independencia, o, dicho con otras palabras, guardar las apariencias.

[...]

Como los demás presidentes de mesa de la ciudad, este de la asamblea electoral número catorce tenía clara conciencia de que estaba viviendo un momento histórico único. Cuando ya iba la noche muy avanzada, después de que el ministerio del interior hubiera prorrogado dos horas el término de la votación, periodo al que fue necesario añadirle media hora más para que los electores que se apiñaban dentro del edificio pudiesen ejercer su derecho de voto, cuando por fin los miembros de la mesa y los interventores de los partidos, extenuados y hambrientos, se encontraron delante de la montaña de papeletas que habían sido extraídas de las dos urnas, la segunda requerida de urgencia al ministerio, la grandiosidad de la tarea que tenían por delante los hizo estremecerse de una emoción que no dudaremos en llamar épica, o heroica, como si los manes de la patria, redivivos, se hubiesen mágicamente materializado en aquellos papeles. Uno de esos papeles era el de la mujer del presidente. Vino conducida por un impulso que la obligó a salir del cine, pasó horas en una fila que avanzaba con la lentitud del caracol, y cuando finalmente se encontró frente al marido, cuando oyó pronunciar su nombre, sintió en el corazón algo que tal vez fuese la sombra de una felicidad antigua, nada más que la sombra, pero, aun así, pensó que sólo por eso había merecido la pena venir aquí. Pasaba de la medianoche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco

El desconcierto, la estupefacción, pero también la burla y el sarcasmo, barrieron el país de una punta a otra. Los municipios de la provincia, donde las elecciones transcurrieron sin accidentes ni sobresaltos, salvo algún que otro ligero retraso ocasionado por el mal tiempo, y cuyos resultados no variaban de los de siempre, tantos votantes ciertos, tantos abstencionistas empedernidos, nulos y blancos sin significado especial, esos municipios, a los que el triunfalismo centralista había humillado cuando se pavoneó ante el país como ejemplo del más límpido civismo electoral, podían ahora devolver la bofetada al que dio primero y reír de la estulta presunción de unos cuantos señores que creen que llevan al rey en la barriga sólo porque la casualidad los hizo vivir en la capital. Las palabras Esos señores, pronunciadas con un movimiento de labios que rezumaba desdén en cada sílaba, por no decir en cada letra, no se dirigían contra las personas que, habiendo permanecido en casa hasta las cuatro de la tarde, de repente acudieron a votar como si hubiesen recibido una orden a la que no podían ofrecer resistencia, apuntaban, sí, al gobierno que cantó victoria antes de tiempo, a los partidos que comenzaron a manejar los votos en blanco como si fuesen una viña por vendimiar y ellos los vendimiadores, a los periódicos y otros medios de comunicación social por la facilidad con que pasan de los aplausos del capitolio a despeñar desde la roca tarpeya, como si ellos mismos no formaran parte activa en la preparación de los desastres.

José Saramago, Ensayo sobre la lucidez.

martes, 1 de noviembre de 2011

Samhain lovecraftiano

Asistiendo a una lectura poética unos meses atrás me enteré de que se estaba gestando la publicación de una edición en castellano de Hongos de Yuggoth, el conocido poemario de H. P. Lovecraft, de boca del propio traductor. Ni corto ni perezoso, como buen seguidor del oscuro escritor de Providence, me puse manos a la obra con el objetivo de hacerme con una copia del libro en cuanto fuese publicado buscando, como no podía ser de otro modo, disfrutar de la lectura de estos poemas, y por otro lado, deseando compartirla con vosotros a través del blog.

Dicho y hecho, me puse en contacto con la editorial y les solicité una copia del libro, a ser posible un poco antes de que apareciese en las librerías, con la intención de que la reseña apareciese aproximadamente en el mismo momento en que el libro estuviera disponible para sus lectores. Por azarosas circunstancias esto no ha podido ser así, si bien desde Cangrejo Pistolero Ediciones tuvieron la gentileza de regalarme la copia del libro, algo que desde aquí aprovecho para agradecerles. Abortado el plan primigenio, decidí publicar la entrada con la reseña en una fecha propicia y relacionada con la temática del libro. Si bien Lovecraft poco tiene que ver con Samhain, con aparecidos y brujas, con vísperas del Día de Todos los Santos o Halloween varios, sí que la cosmogonía que recogen sus escritos ha constituido el alimento necesario para que enfebrecidas mentes hayan divagado durante años por la difusa frontera que separa la cordura de la demencia. Solo por eso ya merecía aparecer por aquí en una noche como la de hoy.


Yuggoth, el planeta mitológico donde Lovecraft sitúa el origen de cuanto acontece en estos poemas, aparece descrito en otras de sus obras como, por ejemplo, en el relato «El susurrador en la oscuridad». Allí se nos habla de Yuggoth y de los extraños seres que alberga este planeta:
«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luz del sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz. Poseen otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir allá.
Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hombre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que ha visto.
[…]
«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en épocas remotas.

La edición del Cangrejo Pistolero de los poemas de Hongos de Yuggoth está cuidada al detalle. Presentada en rústica, el papel es de calidad y el formato en el que aparecen los poemas no es el que acostumbramos a encontrar en una edición bilingüe. Es, quizás, menos cómodo para el lector que recurra una y otra vez a comparar las traducciones con los textos originales, pero no deja de ser original que encontremos todos los poemas en castellano en un bloque inicial y, justo después, en blanco sobre negro, los textos en inglés.

El libro pertenece a la colección de poesía ilustrada «Visionarios» así que obviamente incorpora numerosas y preciosas ilustraciones a cargo de Carmen Burguess y Daniela Zahra, y la traducción ha corrido a cargo de Luis Gámez, cotraductor de la archiconocida Guía de supervivencia zombie, de Max Brooks.

Pero como esta edición en particular tiene un especial interés para Azote Ortográfico, le doy a ella la palabra en esta entrada escrita a cuatro manos, sentándome junto a vosotros a leer sus palabras.

Leo en el prólogo de Javier Calvo, sobre Lovecraft, que «Lo intraducible es su idioma profundo». Cierto es que el americano es uno de esos escritores que sugieren mucho más de lo que dicen, que provocan escalofríos más allá del significado objetivo de los términos y, además, calan en el lector hasta un punto en que cuesta detenerse tras una lectura iniciática: Lovecraft irremisiblemente pide más Lovecraft.

Elevado a los altares de la literatura de terror por méritos propios, la poesía del de Providence no goza, sin embargo, de la misma aceptación entre sus lectores, pese a que Hongos de Yuggoth sea una perfecta amalgama de ritmo, rima y esencia lovecraftiana, a mi entender al menos. Esta edición bilingüe permite a los amantes de la poesía anglosajona gozar de esa cosmogonía tan singular; los giros argumentales, sorprendentes y característicos a la vez, que tan habitualmente pueblan sus relatos y, además, esa sonoridad que los pies yámbicos confieren a cada verso, engarzados minuciosamente en poemas que bien podrían calificarse de microrrelatos líricos.

Debo decir, no obstante, que a pesar de que mi objetividad a la hora de juzgar la traducción podría haberse visto menoscabada por el hecho de que Luis Gámez, el «traidor» temerario que se ha embarcado en una tarea tan titánica como traducir los poemas de Lovecraft, es mucho más que un viejo amigo para la que escribe, no ha sido este el caso. No ya porque sacar los colores a alguien a quien aprecias tanto siempre es difícil, sino porque Luis no me ha dado la oportunidad de hacerlo.

Al enfrentarme cara a cara con su interpretación, sentí en todo momento que su trabajo, minucioso, exhaustivo y, sobre todo, cargado de mimo a la hora de tratar el texto responde sin duda a lo que cabría esperar de él: un respeto total a la naturaleza de Lovecraft.

Si bien apenas tengo objeciones relacionadas con la traducción (que, no obstante, carece del ritmo que caracteriza al original, debido sobre todo a la pérdida de los pies yámbicos, así como de la rima), centradas por otro lado en sutilezas de interpretación más o menos libre, sí las tengo, en primer lugar, con la disposición gráfica de los textos traducidos. Aunque es encomiable que se haya querido respetar la simetría visual de los originales, el hecho de que los versos en español no cuadren con los ingleses y se abuse de unos encabalgamientos abruptos que no aparecen en estos rompe de alguna manera el efecto poético de los mismos. A grandes rasgos, convierte cada poema en una prosificación del original.

En segundo lugar, la pérdida del ritmo del original, aunque inevitable, combinada con lo anterior resta lirismo al resultado final.

Con todo, y volviendo al prólogo de Javier Calvo, ha sabido evitar sabiamente lo que este refiere con respecto a las obras traducidas de Lovecraft: que imitan «la letra pero sin el espíritu. Son como un niño que copia las letras de un texto sin saber leer». Los sacrificios cuasi forzosos realizados en relación con el original, esto es, el ritmo y la rima, han allanado el camino para que el espíritu del autor campe a sus anchas. Así, pese a la renuncia a la forma, el fondo ha sido digno del mayor de los respetos en la loable traducción de Gámez.

Bien hecho, hermano.

En resumen, esta nueva edición de Hongos de Yuggoth constituye una cita ineludible para cualquier seguidor de Lovecraft que se precie de serlo. Si sois osados, venid y acompañadnos en un recorrido entre hongos.

¡Feliz lectura!

P. S.: La presente constituye la entrada nº 222 del blog a día 1/11/11. Curiosa conjunción numérica, ¿verdad? Me pregunto qué opinaría Abdul Alhazred sobre esto...

lunes, 24 de octubre de 2011

Día de la Biblioteca


Llueve desde hace horas y es uno de esos días en los que nada me apetece más que mirar sin ver, a través de la ventana, cómo cae el día mientras la guitarra de Cereijo entona una melodía hermosa pero cargada de malos presagios («La noche se está cayendo/y con ella cae el tiempo/el día no sirvió de nada,/tarde de nubes sin agua./Hoy el cielo es de cemento,/parece que Dios está muerto/golpean la puerta de casa/mensajeros de desgracia…/¡malas noticias!»). Las primeras lluvias siempre me recuerdan, irremisiblemente, a poemas de Machado y a Serrat cantándolos, a Cela y su Mazurca para dos muertos.
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frío...
Se celebra hoy, como cada 24 de octubre desde hace casi tres lustros, el Día de la Biblioteca, y el que debería ser día de festejo (¡albricias!) para tantos de nosotros, lectores irredentos, supone un trago que deja un regusto amargo por el cierre, este mismo año, de una siempre necesaria biblioteca de barrio, la del Zaidín, en Granada. Sobre los peregrinos motivos existentes para su cierre podéis leer algo aquí.

Leía esta mañana un artículo sobre el futuro del libro de papel y el electrónico. «El libro ha muerto. ¡Viva el libro!» parecen preconizar los agoreros del libro entendido como continente y contenido. Los libros de papel, objeto de culto y deseo por parte de quienes adoramos pasar sus páginas escuchando el crujido del papel, dejándonos deleitar por su olor, vendrán a ser desplazados por una ingente horda de lectores electrónicos y formatos de archivo dispares, quedando relegados en las estanterías de aquellos que los coleccionarán con meticulosidad del entomólogo que clasifica un nuevo ejemplar, del filatélico que disfruta pinzando con frío metal uno de sus sellos para exponerlo bajo el ojo magnificado de la lupa.

Personalmente, creo que el futuro depara un espacio para la coexistencia. Ya poseo un lector electrónico y ciertamente resulta muy cómodo leer en él, pero no me da todo lo que necesito. El catálogo de libros disponibles es bastante reducido, si bien es cierto que es de esperar que este contratiempo se vaya resolviendo conforme las editoriales vayan permitiéndolo y los autores encuentren virtudes en este nuevo sector de mercado. Es más, una de las grandes esperanzas que deposito en el libro electrónico es poder hacerme con títulos descatalogados que hoy día son costosos, difíciles de conseguir o ambas cosas a la vez. Hay libros ideales para aparecer en este formato, como los best sellers que no buscan pasar a la posteridad o libros técnicos con la fecha de caducidad cuasi programada. Como informático que soy, adoraría poder leer cómodamente (algo que todavía no es posible hacer con los títulos que están editando en formato electrónico) textos que sé que dentro de cuatro o cinco años serán tenidos por obsoletos. 

Pero creo que no basta con eso para desbancar al libro tradicional. En días como hoy no me busques fuera de una biblioteca, ya sea la mía privada o una pública, donde pueda leer rodeado de libros. No me pidas que imagine a Bastian Baltasar Bux leyendo en un Kindle las aventuras de Atreyu, ni a un cura y un barbero formateando la tarjeta de memoria del Papyre de Alonso Quijano. No me exijas que te diga que a una isla desierta llevaría conmigo un eReader con diez mil libros electrónicos dentro si no tengo con qué cargar su batería, ni que crea a quienes afirman que con su iPad leen más cuando antes apenas abrían un libro.


Dejadme estar con mi placer de lector arcaico, de devorador de libros ajeno a lo que marcan las modas y el mercado, de sujeto afín a ese montón de papiros cosidos, de manuscritos pervertidos por el invento de Gutenberg. Dejadme perdido en conversaciones con mis libreros preferidos, Firmin entre las ratas, saludando al bibliotecario que me vio crecer mientras yo le veía envejecer entre libros, que me aconsejó y recomendó lecturas en cada etapa de mi vida. Sí, leeré en libros electrónicos y disfrutaré con la lectura, obtendré los beneficios de las nuevas tecnologías y procuraré que no me dominen. Dejadme leer, pero no en aras de un nuevo negocio. Dejadme leer como lee un hombre, con el corazón.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”.
Feliz Día de la Biblioteca y feliz lectura, sobre cualquier medio y en cualquier lugar.

Notas: 
La fotografía de la Biblioteca del Hospital Real de Granada que encabeza la entrada es de Iván García y es ofrecida sujeta a los términos de una licencia Creative Commons
La segunda fotografía es de la Plaza de España de Santa Fe (Granada). El edificio que permanece oculto por las redes protectoras de una obra de restauración albergaba antaño la biblioteca pública de mi pueblo, la primera de la que fui socio y donde pasé largas horas de innumerables días leyendo, aprendiendo... y contemplando a las aves en los tejados de la Iglesia de la Encarnación, justo enfrente.

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobre curas y alcaldes comunistas

El primer recuerdo que tengo de Don Camilo es el de la portada del libro, en rústica y editado por Planeta, que llevaban algunos de los niños de uno o dos cursos por debajo del mío en el colegio. Era una de las lecturas obligatorias, aunque nosotros leímos a Hemingway (El viejo y el mar), Delibes (El príncipe destronado y El camino) o a Cela (Viaje por la Alcarria), entre otros.

No sé el motivo pero siempre me llamó la atención ese libro de Giovanni Guareschi, aunque sería años después cuando descubriría lo divertido de las aventuras del sacerdote gracias a alguna de las versiones cinematográficas que, protagonizadas por Fernandel en el papel de Don Camilo y Gino Cervi en el del alcalde Peppone, emitían por aquel entonces en televisión de cuando en cuando.


No hace mucho me hice con un par de libros de saldo de Guareschi y aproveché los viajes en bus para ir leyendo Don Camilo (Un mundo pequeño). Estructurado en capítulos en su mayor parte independientes —aunque alguno que otro hace referencia a alguna situación ya descrita—, a modo de cuentos, lo cierto es que se lee con agrado y rapidez. El humor y la ternura de que hacen gala los personajes son tremendos, y lo cierto es que me ha gustado sobremanera.


Las aventuras y desventuras del párroco del pueblo y del alcalde (generalmente comunista), de las fuerzas religiosa y política del lugar, no son patrimonio exclusivo de Guareschi pero es bastante probable que otros conocidos personajes del cine y la televisión deban tributo a su obra. Por ejemplo, recuerdo con cariño al “abuelo de España”, Paco Martínez Soria, y su personaje del cura en "Se armó el belén", y una de las series de televisión que desafortunadamente no continuó en antena pero que os recomendaría por su humor es la costumbrista “Padre Medina”, emitida en Andalucía (pero accesible a través de su página web) y basada en la gallega “Padre Casares”.

De cualquier modo, Don Camilo y Peppone no se andan con zarandajas y saben bien darse de tortas y poner en aprietos al contrario si llega la ocasión. Son mucho más rudos y chapados a la antigua que otras posibles parejas cura-alcalde, y además Don Camilo cuenta siempre con la inestimable ayuda del Cristo que, en la iglesia y desde su crucifijo, intenta poner siempre un punto sensato en la cabeza del buenazo pero descocado Don Camilo.

En resumen, Don Camilo, de Giovanni Guareschi, constituye una apuesta segura por la diversión.

¡Feliz lectura!

jueves, 20 de octubre de 2011

Sesión doble de misterio

El verano me llevó de relectura en lectura y, aunque no es mi intención llevaros hasta el hartazgo literario a lo largo de estas entradas otoñales, lo cierto es que sí que quería reseñar algunos de los libros que leí, al menos los más significativos y los que creo que pueden interesar más a los lectores del blog.

Cuando recuperé a Verne quise hacer lo propio con Agatha Christie así que, aprovechando una tarde algo más relajada de lo habitual, estuve releyendo La ratonera (Tres ratones ciegos), la obrita que fuese llevada al teatro hace algo más de 60 años en Londres y cuya representación en España durante este pasado año me perdí lamentablemente en repetidas ocasiones. 


La estaban representando en Madrid durante un viaje que hice a la capital, pero no pude ir al teatro, se me pasó la fecha en Málaga y cuando descubrí que la representaban en Granada tenía adquiridos otros compromisos, así que no me quedó otra opción que recurrir de nuevo al libro para recordar la singular historia de la casa de huéspedes de Mollie y Giles Ralston, Monkswell Manor, y cómo quedaron atrapados durante una tormenta invernal junto a algunos de sus huéspedes.

El mismo día en que inauguran la casa de huéspedes, Mollie y Giles reciben a sus cinco primeros huéspedes, uno de ellos llegado de improviso. Al día siguiente, en plena tormenta, el sargento Trotter de la policía llega a la casa y les indica que entre ellos puede encontrarse el culpable del asesinato de una mujer en Londres. Las sospechas despertarán una desconfianza mutua entre los ocupantes de la casa, atrapados además en un ambiente cerrado y cada vez más claustrofóbico. Conforme se vayan desarrollando los acontecimientos y conociéndose la historia sabrán que entre ellos, además del asesino, puede haber una próxima víctima. ¿Podrá Trotter encontrarla antes que el asesino?

La Dama del Misterio nos deleita con este relato con ínfulas de novela corta, con una historia que se lee en apenas una tarde y que nos descubre la sutileza con la que siempre supo tratar los argumentos de sus historias.

Otra de mis novelas de lectura estival fue El libro de las hojas color naranja. Mi segunda aproximación a la obra de Harry Stephen Keeler no pudo ser más fructífera. Me encantó leer esas aventuras disparatadas a la par que curiosas, capaces de mantenerme enganchado durante una tarde tras otra hasta terminar con el libro.


La historia comienza con la aparición de Stefan Czeszcziczki, rápido calculador matemático de origen polaco, que ofrece sus servicios de cálculo buscando obtener algunos beneficios que le permitan pagar la operación que podría salvar la vida de su mujer, que sufre una grave enfermedad. Como es habitual en Stephen Keeler, y así lo voy descubriendo conforme leo más sobre él y más obras suyas, la historia pasa pronto a mostrarnos otro protagonista; Isberian Jones, reportero fotográfico del Ocean City Evening News, al que se le encarga una misión cuasi imposible. Isberian deberá fotografiar un huevo invisible que permanece expuesto en el escaparate de una vieja tienda, so pena de ser despedido si no lleva la pertinente fotografía a su jefe.

Entretanto hará acto de presencia un curioso libro de hojas de color naranja que aparece partido por la mitad. El libro contiene diversos aforismos orientales que parecen tener poder de adivinación y salvarán de más de un apuro a nuestros protagonistas hasta que, como siempre ocurre en los libros de Keeler, el final llegue a sorprendernos gratamente.

Un par de lecturas repletas de misterio desde dos perspectivas realmente dispares pero igualmente recomendables.

¡Feliz lectura!

domingo, 9 de octubre de 2011

La isla misteriosa

El reencuentro con un viejo amigo, sobre todo cuando ha pasado un periodo de tiempo considerable, siempre entraña algo de riesgo. Por muy afines que fuésemos en su día, el tiempo pasa de forma inexorable, erosiona nuestra superficie, lima nuestras asperezas y nos asienta el carácter hasta, en ocasiones, llegar a cambiarnos de forma tal que resultamos irreconocibles. Estos cambios, que para la Geología requieren de millones de años, pueden darse en el hombre en apenas unas décadas, máxime cuando media entre ambos periodos la siempre convulsa adolescencia. Sin embargo, aunque a priori pudiésemos sentir algo de temor ante el reencuentro, no deja de ser mayor el estímulo provocado por las emociones agolpándose en nuestro interior. Se despierta la memoria de viejas vivencias, de los momentos que transcurrieron en mutua compañía y de las aventuras vividas.

Ha sido finalmente el verano de 2011 el que me ha hecho regresar a la isla Lincoln. Después de un par de años acariciando la idea para volver a dejarla estar sin decidirme a dar el paso, transcurrido algo más de un lustro desde mi último acercamiento a Verne, encontrar la edición de bolsillo de una nueva traducción al español de La isla misteriosa y hacerme con ella fue una misma cosa. Tenía ganas de volver a sentirme náufrago, de ser un Robinson en toda regla, y es que tengo una especial predilección por las historias “robinsonianas”; algún día nos sentaremos a hablar sobre la isla de Morel, acerca de naufragios en un barco como los de Roberto de la Grive, de ratones aventureros a su pesar como Abel, de señores de las moscas y sobre un nutrido compendio de obras literarias realmente maravillosas.

Con los buenos libros ocurre igual que con los buenos amigos: les encontramos iguales a como los dejamos en su día. Cambiados, sí, posiblemente, igual que nosotros, pero en lo esencial siguen siendo aquellos que nos enamoraron, pues la amistad no es más que un particular y especial estado del amor. Y tan cierto es que «En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]» como que cada lectura de un libro será distinta para nosotros. Máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, hacía más de dos décadas desde mi último acercamiento a La isla misteriosa. Canta Sabina en una de sus canciones más hermosas que al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver. Esto, no por acertado deja de ser harto difícil de cumplir, y esta entrada es buena muestra de ello. 

Intentar presentar a Julio Verne es como querer hablar de la lluvia; todo el mundo la conoce, sabe –más o menos– en qué consiste pero, a poco que empezamos a indagar en torno a ella, todo son dudas a su alrededor. Que el francés es uno de los más populares autores de novelas (pretendidamente) juveniles de todos los tiempos resulta evidente, pero no así las circunstancias que rodearon la escritura de las mismas o diversos aspectos de su vida. Para indagar un poco más sobre ello, os recomiendo el imprescindible sitio web Viaje al centro del Verne desconocido (junto a la revista electrónica Mundo Verne) así como el imprescindible ensayo de Miguel Salabert, Jules Verne, ese desconocido.

La isla misteriosa es una de las mejores novelas de Verne (a mi parecer, la mejor) y posiblemente la más “adulta” de todas ellas. Aunque es posible leerla de forma independiente, concluye una trilogía formada tanto por ella como por Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant, y constituye un particular acercamiento a un tema literario tan recurrente e interesante como el del náufrago “Robinson”, como apuntaba anteriormente. En ella, varios prisioneros escapan del ejército del general Lee cuando este les mantiene presos en la sitiada ciudad de Richmond durante la Guerra de Secesión. Aprovechando un huracán desatado durante su aprisionamiento, ocupan un globo aerostático que es dejado sin vigilancia dadas las extremas condiciones climatológicas y escapan arriesgando la vida. La fuerte tormenta les lleva por los aires durante cinco días hasta que el maltrecho globo cae al mar. Afortunadamente esto ocurre cerca de una isla donde los náufragos (los colonos, como gustarán autodenominarse) tendrán que sobrevivir con la única ayuda de su inteligencia y su fuerza de voluntad. Y aquí es donde comienzan las diferencias entre La isla misteriosa y otras historias sobre náufragos. Si bien en todas ellas el valor y el ingenio ocupan un papel importante, en la novela de Verne viene a constituir el núcleo de la narración, ya que esta “novela sobre Química”, como la quiso el autor, lleva a cabo una reconstrucción de la historia reciente de nuestra especie. Contado así podría intimidar a futuros lectores de la novela, pero lo cierto es que las aventuras del ingeniero Cyrus Smith y sus compañeros son cualquier cosa menos aburridas. 

Cyrus estará acompañado por sirviente el liberto Nab, el reportero Gedeon Spillet, el marino Pencroff y Harbert, ahijado de este. Juntos tendrán que conseguir alimento y cobijo, fabricar los útiles necesarios para sobrevivir en la isla y todo partiendo de la nada. A lo largo de sus páginas, La isla misteriosa nos deleita con la fabricación de armas, explosivos y útiles de caza, con la elaboración de herramientas y maquinaria necesarias para poner en marcha industrias de todo tipo: metalúrgica, textil, cerámica…

Posiblemente haya disfrutado el libro tanto o más que las primeras veces que lo leí. No obstante, sí que he percibido aspectos que por aquél entonces me pasaron inadvertidos o, al menos, no me llamaron tanto la atención. Por ejemplo, la profunda religiosidad que encontramos ante cada nuevo reto o cuando empiezan a sucederse los misterios que dan nombre a la isla del libro. Cyrus y sus amigos no se resignan, dan todo de sí para asegurar su supervivencia y bienestar, pero lo hacen siempre contando con aquello que les depara la Providencia. Eso sí, recuerdo cómo me marcó en su día el momento en que Cyrus —Ciro en aquella primera lectura— lee el versículo de la Biblia «Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá». 

También son notables los recursos de la isla, tanto a nivel geológico como respecto a sus ecosistemas. La isla Lincoln cuenta con recursos mineralógicos cuasi ilimitados y su biodiversidad es notable. Especies de animales y plantas de todas las regiones biogeográficas concurren en el limitado espacio de la isla, algo muy al uso por parte de las novelas de aventuras de la época en que fue escrita la novela. El apasionamiento por la ciencia y su aplicación técnica era más que evidente en esta época revolucionaria, y Verne se hace eco del mismo con la preclara visión del futuro que le caracterizaba. Quedaban aún lejos los días en que el pesimismo sobre el hombre y el uso dado a los descubrimientos científicos se apoderase del autor francés.

Cuando hace unas (cuantas) semanas terminé el libro me quedé con el desasosiego de haberme perdido algo. Con ganas de volver a compartir aventuras, de revivirlas y descubrir aquello que mis ojos, una vez más, no supieron ver. Sé que lo haré cuando pase un tiempo, aunque desde hoy mismo os invito a visitar La isla misteriosa por primera o enésima vez. Sé que disfrutaréis con la lectura.

¡Que sea muy feliz!

martes, 4 de octubre de 2011

IMM. Lecturas complementarias

Comienza un nuevo curso y, como apuntaba en Andanzas de un Trotalomas, lo hace con una reflexión en torno a cómo afrontarlo. La Ecología siempre ha sido una ciencia que me ha fascinado y quiero exprimirla al máximo, así que como Homo libris comienzo a montar un puente de libros y como Trotalomas a planificar salidas al campo. He aquí algunos de los libros que he recopilado entre los que tenía en casa, algunos otros con los que me he hecho recientemente y los de las bibliotecas públicas.

Hay bastantes pero faltan muchos. Quiero disfrutar de Ecología, de Ramón Margalef, uno de los mayores naturalistas que ha dado España, y dejaré para final de curso los que me llegaron como un regalo inesperado: Ecología y paisaje e Invitación a la ecología humana, dos títulos en un único libro, reedición de dos de las obras del gran Fernando González Bernáldez, otro de nuestros más reputados científicos que, además, supo unir como nadie la ciencia de la ecología con el movimiento social del ecologismo. Solicité una copia del libro al no haber podido asistir a la presentación del mismo en el Real Jardín Botánico de Madrid hace unos meses y, aunque ya lo daba por perdido, llegó a casa para alegrarme el día.

Habrá tiempo para otras lecturas, por supuesto. Este fin de semana junto a Azote y a un común amigo ha servido para pasar buenos ratos visitando, entre otros sitios, mi querida librería de Torremolinos y la Feria del libro antiguo y de ocasión que estará en Málaga hasta mediados de octubre. Literatura, ciencia ficción, historia de la ciencia y mi adorado terror a la española (que quiero recuperar sí o sí este año) son algunos de los temas que quedan pendientes desde este IMM tan particular.


Os dejo pensando en las entradas que tengo pendientes y que espero ir publicando pronto (poco a poco, eso sí, para no martirizaros demasiado). Si estáis en Málaga estos días, dejo aquí un par de propuestas literarias. La primera no es otra que la Feria del libro que mencionaba antes. Aunque algo pequeña estará instalada hasta el 23 de octubre (si la memoria no me falla); no he encontrado información por Internet aunque sí he visto que también se está celebrando en Córdoba y que en Granada comenzará a finales de este mes. La segunda, las II Jornadas literarias “Mejor con un libro” repletas de actividades literarias que se van a llevar a cabo entre el 7 y el 14 de octubre.

¡Feliz lectura!

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Entrevista a Silver K... Francisco González Ledesma

Regreso con el ánimo renovado tras un breve parón en el blog y con ganas de retomar un ritmo aceptable de escritura en el mismo, y lo cierto es que no podía ser de mejor modo. Hace un par de días recibí un correo electrónico que llevaba tiempo esperando y que no pudo alegrarme más. Un correo que me encantaría compartir con vosotros, no sin poneros antes en antecedentes.

Fue a principios de año cuando se me ocurrió la idea. ¿Por qué no entrevistar a Francisco González Ledesma? No perdía nada por intentarlo y podía ganar mucho. Echándole un poco de cara al asunto, me puse en contacto con él para solicitarle una entrevista desde la distancia. Unos días después me respondía el propio Silver Kane con una amabilidad suprema invitándome a hacerle llegar mis preguntas. Como podréis imaginar, mi alegría era la del niño con un juguete nuevo, pero por diversas circunstancias de índole personal no pude completar la entrevista hasta un tiempo después, y pasaron unos meses hasta que finalmente se la hice llegar junto a mis disculpas por la tardanza. La respuesta fue el silencio. Dejé pasar un tiempo, ya que las circunstancias podrían haber cambiado y el escritor tal vez tenía un mayor número de compromisos en esas fechas, o simplemente estaba fuera o trabajando. Finalmente volví a escribirle, simplemente por confirmar que le había llegado el correo con la entrevista, insistiéndole en que no había prisa y que simplemente quería quedarme tranquilo respecto al envío. La respuesta que recibí no pudo apesadumbrarme más. Me respondía algún allegado a González Ledesma indicándome que había sufrido un ictus y que se encontraba en proceso de recuperación, motivo por el cual no había podido responder a mis preguntas. Por supuesto, le transmití todo el ánimo del mundo en tan duro trance y una pronta recuperación.

Al parecer, la enfermedad que aquejaba a Ledesma se había presentado sin avisar apenas unos días después de que respondiese a mi primer correo. Pude saber de él a través de un artículo que publicó en el diario El País, donde habitualmente colabora, titulado “Cómo llegar a ser un 11-1” y cuya lectura os recomiendo.

Pasaron los meses y, como os decía, anteayer recibí un correo con la entrevista. Me la hacía llegar alguien del círculo cercano a don Francisco y me comentaba que había respondido brevemente a algunas de las preguntas que le planteaba, no a todas, porque sigue en recuperación y es un esfuerzo para él. Como imagináis, lo de menos eran la entrevista, las respuestas y el blog: González Ledesma está algo mejor y sigue su proceso de recuperación; eso es lo que me alegra. Puesto que quería compartir esta alegría con vosotros, qué mejor modo de hacerlo que transcribiendo aquí esa entrevista breve, incompleta pero hermosísima por cuanto os comentaba. Aquí la tenéis. Espero que os guste.


HL: Con La dama y el recuerdo regresa al viejo y salvaje oeste. En alguna ocasión ha comentado que tomó la decisión de hacerlo para comprobar si era capaz de volver a escribir por instinto, como lo hiciera en su juventud. A mi parecer lo ha logrado (y permítame felicitarle por ello). Pero ¿cuán contento ha quedado con el resultado?

FGL: Realmente, sí. Quedé satisfecho de la trama. Me costó mucho escribirla, pero no puedo negar que el instinto adquirido en mis años de juventud me sirvió de mucho. Traté de pensar solo en aquella época en que todo me parecía posible y creo que al final el trabajo me salió como esperaba.

HL: ¿Qué le parece el interés con que algunos blogs y sitios en Internet intentan recuperar y dignificar aquellos libros y, sobre todo, a sus autores? ¿Y el interés suscitado por una obra tan singular como Rancho Drácula que, le constará, ha despertado una especial expectación en diversos foros y blogs de Internet?

FGL: Me parece una curiosidad lógica y que aumenta mi respeto a los lectores. Siempre les he dedicado todo mi interés y seguiré haciéndolo mientras pueda.

HL: ¿Ha tenido oportunidad de leer o ver al menos El invierno del dibujante, cómic en el que aparece usted en los tiempos en que trabajaba para Bruguera? ¿Cómo es posible que una factoría de sueños como aquella fuese en su interior un infierno para los autores?

FGL: Sí lo he leído. Me parece una obra admirable y creo que refleja la realidad de Bruguera. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, porque solo pensaban en el beneficio inmediato y actuaban generalmente con un egoísmo despiadado. Bruguera tenía una gran habilidad para los negocios pero nunca supo tratar a la gente. Por eso, con los años, fue perdiendo a sus mejores creadores, que normalmente veían sus sueños rotos.

HL: El best seller, tal y como parece entenderlo hoy día el mercado editorial, se presenta generalmente bajo la forma de libros voluminosos que captan fácilmente la atención del lector gracias a su estilo cuasi cinematográfico, ¿cree que ha llegado a ocupar el nicho vacío que dejó la novela popular de años atrás?

FGL: Es posible. En cualquier caso, lo difícil siempre es captar el interés de la gente. Si uno cree que domina los gustos del público y de las editoriales, tiene muchos números para equivocarse. Lo que yo intento es trabajar con dedicación y honradez, pero aun con eso no siempre se acierta.

HL: Volviendo a La dama y el recuerdo, su lenguaje me ha recordado al del Silver Kane de hace unas décadas pero sin la censura que se imponía aquella época. Es mucho más deslenguado, y me da la impresión de que la novela puede resultar a ojos del lector actual políticamente incorrecta en algunas ocasiones, aunque en ningún momento falta la ironía, ¿me equivoco?

FGL: No se equivoca. La censura hizo que el lector se acostumbrara a novelas en que cosas sencillas parecían verdaderos pecados. Por fortuna, los tiempos han cambiado y los lectores también. Aun así, si La Dama y el Recuerdo tiene algo de políticamente incorrecto, puedo decir que no lo he buscado intencionadamente, pero lamentaría que llamara la atención por eso. Solo quise hacer una trama que respondiera a la realidad de una época.

HL: Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Juan Marsé, usted mismo, ahora Zafón... Son muchos los autores que se han inspirado o tomado como escenario la Ciudad Condal para desarrollar sus novelas. ¿Qué tiene Barcelona para ser tan literaria?

FGL: Varias cosas fundamentales: es una ciudad abierta, inquieta, trabajadora y revolucionaria, donde en un principio todo el mundo encuentra su lugar. Si escribo sobre ella es porque creo conocerla bien. Hay un punto de pasión en cada página de mi obra, y siempre trato de que la ciudad aparezca tal como es y tal como ha sido a través de los tiempos, con personajes sacados de sus calles.

HL: El periodismo ha sido una parte importantísima de su vida. ¿Qué le preguntaría Silver Kane a González Ledesma? ¿Y qué le respondería González Ledesma a Silver Kane?

FGL: Le preguntaría si está satisfecho de su obra y FGL le contestaría que solo relativamente, porque en la vida siempre se está aprendiendo y el que cree que ha llegado a algo se equivoca.

HL: Muchas gracias por su tiempo y atención.


Me gustaría transmitir, desde este humilde blog mi más profundo respeto hacia la obra de Francisco González Ledesma, Silver Kane, así como resaltar la gran humanidad que transmite en su trato, además de agradecerle una vez más que accediese en su día a prestarse para esta entrevista y que haya cumplido con ella pese a lo azarosas que han resultado sus circunstancias personales en los últimos meses.

Una vez más, reciba todo el ánimo. Esperamos leerle pronto como síntoma de completa recuperación.

Nota: La fotografía del autor está tomada de su blog, aunque es recomendable visitar también su página web oficial.

martes, 13 de septiembre de 2011

Sobre chusma y sobre cobardes

“Se me han cabreado unos vecinos de Tordesillas porque el otro día califiqué de chusma cobarde a la gente que se congrega cada septiembre para matar un toro a lanzazos mientras la junta de Castilla y León, pese a las protestas de las sociedades protectoras de animales, mira hacia otro lado y se lava las manos en sangre, con el argumento de que se trata de una tradición y un espectáculo turístico. No sé si es que los llamara chusma o los llamara cobardes, o las dos cosas, lo que pica el amor propio de mis comunicantes. El caso es que se dicen «lanceros de Tordesillas, y a mucha honra», y preguntan cómo yo, que alguna vez he escrito que me gusta asistir de vez en cuando a una corrida de toros, me atrevo a hablar así de lo que desconozco, o sea, de «un duelo atávico y mágico, un combate de la bravura contra la inteligencia, un ritual de valor y de bravura que se celebra desde tiempo inmemorial». Exactamente eso es lo que dicen y lo que preguntan. Así que, con el permiso de ustedes, se lo voy a explicar. Despacito, para que me entiendan.

Amo a los animales. Por no matarlos, ni pesco. Tengo un asunto personal con los que exterminan tortugas, delfies, ballenas o atún rojo. También prefiero una piara de cerdos a un consejo de ministros. Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia. Eso no quiere decir, naturalmente, que caiga en la idiotez de algunas sociedades protectoras de animales que dicen que cargarse a un bicho es un acto terrorista. Incluso, como apuntaban mis comunicantes, cada año voy un par de veces a los toros. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gustan el temple de los toreros valientes y el coraje de los animales nobles. Es una contradicción -tal vez la única, en lo que tiene que ver con los animales- que asumo sin complejos; y sólo diré, en descargo, que nunca me horroricé cuando un toro mató a un torero. Al torero nadie lo obliga a serlo; y a cambio de jugarse la vida, gana dinero. Si no murieran toreros, cualquier imbécil podría estar allí. Cualquier cobarde podría dárselas de matador de toros. Cualquier mierdecilla podría justificar por la cara, sin riesgo, su crueldad y su canallada.

Yo he visto matar. Con perdón. Matar en serio. He visto hacerlo de lejos y de cerca, a solas y en grupo, y me he formado ciertas ideas al respecto. Una de ellas es que degollar y cascar tú mismo, cuando toca, forma parte de la condicion humana; y que son las circunstancias las que te lo endiñan, o no. También tengo una certeza probada: muy pocos son capaces de matar cara a cara, de tú a tú, jugándosela sólo con su inteligencia y su coraje, si alguien no les garantiza impunidad. Recuerdo a verdaderas ratas de cloaca, incapaces de defender a sus propios hijos, enardecerse en grupo y gallear, pidiendo sangre ajena, cuando se sentían respaldados y protegidos por la puerca manada. Conozco bien lo miserable, cruel y violento que puede ser un individuo que se sabe protegido por el tumulto. También leo libros, vivo en España, conozco a mis paisanos, y sé que para linchar y apuñalar por la espalda, aquí, somos unos artistas. Lo hacemos como nadie. Por eso, que media docena de tordesillanos, o más, se quejen porque a estas alturas de la feria me asquea lo del toro de la Vega y me cisco en los muertos de los lanceros bengalíes, me tiene sin cuidado. Lo dije, y lo sostengo. Llamar combate, torneo y espectáculo de épica bravura a miles de fulanos acosando a un animal solitario y asustado, y después tratar de héroes a una turba enloquecida por el olor de la sangre, que durante media hora acuchilla hasta la muerte al toro indefenso, refugiado en un pinar, y que luego salga la alcaldesa diciendo que «el combate fue rápido y ágil», y que el Aquiles de la jornada, o sea, el cenutrio que le metió el primer lanzazo, alardee, como el año pasado, de que «el toro estaba a la defensiva y se escondía en los arbustos, así que era difícil alancearlo», es un sarcasmo, una barbaridad y una canallada. Se pongan como se pongan. Al menos, en las plazas de toros el animal tiene una oportunidad: empitonar a su verdugo, de tú a tú. El consuelo, tal vez, de llevarse por delante al cabrón que lo atormenta.

Así que, por mi, todos los heroicos lanceros de la Vega pueden irse a hacer puñetas.

Arturo Pérez-Reverte. El semanal, 25 de mayo de 2003.

Yo no lo habría dicho mejor y posiblemente habría dejado corto el compendio de palabras malsonantes recogido por Cela en su Diccionario secreto. La negrita es mía, y aunque os haga mala sangre, deberíais ver lo que las palabras pueden describir; el miedo y el dolor de un animal noble convertido en un ternero temeroso que recula bajo un pino buscando cobijo sin encontrar más escapatoria que la muerte. Hoy Afligido nos hace partícipes de su nombre.


El vídeo pertenece a PACMA.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Julio Edgar Baudelaire

No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Esto fue inesperado y bastante difícil. Se oyeron algunos aplausos aislados, pero la mayoría se quedó callada, tratando de descifrar las palabras de Bilbo y viendo si podía entenderlas como un cumplido.
En segundo lugar, para celebrar mi cumpleaños.
Aplausos nuevamente.
Tendría que decir: nuestro cumpleaños, pues es también el cumpleaños de mi sobrino y heredero Frodo. Hoy entra en la mayoría de edad y en posesión de la herencia.Se volvieron a escuchar algunos aplausos superficiales de los mayores y algunos gritos de «¡Frodo! ¡Frodo! ¡Viva el viejo Frodo!» de los más jóvenes. Los Sacovilla-Bolsón fruncieron el ceño y se preguntaron qué habría querido decir Bilbo con las palabras «posesión de la herencia».Juntos sumamos ciento cuarenta y cuatro años. El número de ustedes fue elegido para corresponder a este notable total, una gruesa, si se me permite la expresión. Ningún aplauso. Era ridículo. Muchos de los invitados, especialmente los Sacovilla-Bolsón se sintieron insultados, entendiendo que se los había invitado sólo para completar un número, como mercaderías en un paquete. Una gruesa, en efecto. ¡Qué expresión tan vulgar!
El fragmento que antecede a mis palabras es harto conocido; pertenece al comienzo de La Comunidad del Anillo, el primero de los libros que conforman la trilogía El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Hoy me vino a la cabeza cuando, al recordar que Baudelaire fallecía un 31 de agosto de 1867, me planteé escribir una breve entrada conmemorativa. Un rápido cálculo mental concluyó en la exclamación “¡Anda, una gruesa!” y en la asociación de ideas que me ha llevado a incluir las líneas que introducen la entrada.

La figura de Baudelaire siempre me pareció fascinante; por su obra, totalmente imprescindible, por ser el traductor de Edgar Allan Poe al francés y por su físico. Yo descubrí a Poe, sin saberlo, en la voz de Julio Cortázar, su más afamado traductor al castellano, y en él encontré también esa mirada extraña tan característica del francés como de los americanos. Sus miradas, distintas pero hipnóticas todas ellas, y los gatos, ya que estos últimos influyeron también en la vida de los tres escritores, constituyeron una obsesión para mí durante cierto tiempo, durante el cual en mi cabeza se fue forjando un cuento que nunca llegué a plasmar sobre el papel.


Hoy he recordado mi cuento, a Poe, Cortázar y Baudelaire. Y alzo mi copa de amontillado para brindar, siquiera de forma metafórica, por su memoria. Por la de todos ellos, que son uno solo en la mía.
Les Chats
Les amoureux fervents et les savants austères
Aiment également, dans leur mûre saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui comme eux sont frileux et comme eux sédentaires.
Amis de la science et de la volupté
Ils cherchent le silence et l'horreur des ténèbres;
L'Erèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,
S'ils pouvaient au servage incliner leur fierté.
Ils prennent en songeant les nobles attitudes
Des grands sphinx allongés au fond des solitudes,
Qui semblent s'endormir dans un rêve sans fin;
Leurs reins féconds sont pleins d'étincelles magiques,
Et des parcelles d'or, ainsi qu'un sable fin,
Etoilent vaguement leurs prunelles mystiques.
— Charles Baudelaire
Los gatos
Los amantes fervientes y los sabios austeros
adoran por igual, en su estación madura,
al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura
de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.
Amigos de la ciencia y la sensualidad,
al horror de tinieblas y al silencio se guían;
los fúnebres corceles del Erebo serían,
si pudieran al látigo ceder su majestad.
Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes
de alargadas esfinges, que en vastas latitudes
solitarias se duermen en un sueño inmutable;
Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,
y partículas de oro, como arena agradable,
estrellan vagamente sus místicas pupilas.
— Charles Baudelaire

Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Hace unos días descubrí un poema de Richard Brautigan, el autor de La pesca de la trucha en América (un libro que en su día constituyó toda una revelación y que está entre mis lecturas pendientes desde que el año pasado la editorial Blackie Books publicase su traducción al castellano) y me gustó tanto que quise llevarlo a un blog a medio camino entre "Andanzas de un Trotalomas" y "Lobosoft" con el que buscaba organizar mis ideas en torno al impacto que produce la informática sobre la sociedad y, por ende, sobre el medio ambiente. Un blog experimental cuyo crecimiento quedó truncado con el comienzo de un año que ha devenido en demasiada carga de trabajo como para mantener un ritmo de publicación aceptable incluso para los "oficiales", como he comentado en alguna ocasión. No obstante, y sirva de aviso para navegantes, estoy deseando volver a retomarlo.

Todo llegó al recuperar unas tiras cómicas muy curiosas en las que se narraban las vicisitudes de diversos lenguajes de programación y que fueron publicadas en la People's Computer Company Newsletter, una revista que vio la luz en el año 1972 y que pretendía acercar la informática a las personas. Corrían otros tiempos, los ordenadores eran entrevistos aún como si poseyesen cierto halo de magia y se deseaba que el potencial de los ordenadores sirviese a los intereses de la ciudadanía y no al revés. Hoy día esas buenas intenciones son más que necesarias, pues si bien la informática ha llegado a toda la población (de los países más avanzados, pues no conviene olvidar la brecha digital que se expande entre estos y aquellos cuyas poblaciones apenas sobreviven sin tan siquiera tener acceso a agua potable) no es menos cierto que la seguridad y  privacidad de nuestros datos están más en entredicho que nunca.

Sobre todo esto deseo escribir en un futuro próximo en "Informática, sociedad y medio ambiente", además de reflexionar en "Andanzas...", cuando pueda verlo dentro de unas semanas, sobre las impresiones que me produzca el documental del polémico Adam Curtis "All Watched Over By Machines of Loving Grace", una producción para la BBC sobre cómo la tecnología ha contribuido a mermar y destruir la libertad humana hasta llegar a convertir en servidores suyos a los hombres. Pero entretanto, aquí os dejo el poema de Brautigan (del que toma su título el citado documental) en una traducción libre y espero que no nefasta (cualquier aporte o sugerencia será bienvenido, por supuesto). 


Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Me gusta pensar (¡y
cuanto antes, mejor!
en un prado cibernético
donde mamíferos y ordenadores
vivan juntos en mutua
armonía programada
como el agua pura
tocando el cielo despejado.

Me gusta pensar
     (¡ahora mismo, por favor!)
en un bosque cibernético
lleno de pinos y componentes electrónicos
donde los ciervos paseen tranquilos
entre las computadoras como si fueran flores
con pétalos que giran.

Me gusta pensar
     (¡así ha de ser!)
en una ecología cibernética
donde seamos liberados del trabajo
y volvamos a la naturaleza,
retornando a nuestros
hermanas y hermanos mamíferos,
vigilados todos
por máquinas de amorosa gracia.

Richard Brautigan

viernes, 26 de agosto de 2011

Jorge Luis Borges y Julio Cortázar "A fondo"


Hace unos años, consultando los fondos de la Biblioteca Pública de Granada, encontré una serie de vídeos (en formato VHS, guau) con la serie de programas "A fondo", de RTVE, donde el periodista Joaquín Soler  Serrano entrevistaba a "las primeras figuras de las ciencias, las artes y las letras". Entre otros, disfruté enormemente con los dedicados a Borges y a Cortázar, así que he pensado, ya que se encuentran disponibles en You Tube, vincular estas entrevistas desde el blog por si os interesa echarles un vistazo.
Nota: Por comodidad he enlazado las listas de reproducción de cada uno de los programas, ya que por limitaciones de las cuentas gratuitas de You Tube han sido subidos en fragmentos de unos 9 minutos de duración.

Felicidades, Julio

En la última semana me he "perdido" un par de cumpleaños, y es que posiblemente hasta mediados de septiembre este blog y yo, vuestro seguro servidor, no volveremos a ser lo que éramos. Las obligaciones mandan, pero os aseguro que daré salida a través de mis dedos a las decenas de entradas que se agolpan en mi mente e inundaré vuestros lectores RSS de artículos (no sé si por suerte o por desgracia para vosotros, je, je). 

Entretanto, además de recordar a Borges, nacido un 24 de agosto, a Lovecraft, que vio la luz -es un decir- un 20 de agosto y a Lorca, fallecido un día 18 (os envío a visitar a Alienor), aunque sea haciendo un poco de trampa por mi parte, aprovecho para felicitar a mi querido Julito, que nació un día como hoy de 1914 y os dejo con uno de los cuentos más hermosos que he leído jamás. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

"Graffiti", de Julio Cortázar.

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garaje, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.